Una de las primeras preguntas que nos debemos hacer antes de emprender un proyecto es cómo lo vamos a financiar.

Esto supone responder a dos preguntas implícitas:

1. Cuánto necesito financiar. ¿Cuál es el monto total que necesito para emprender mi proyecto? ¿Necesito 100, 200… 600? Esto supone analizar los requerimientos de inversión en función de nuestro plan de negocio.

2. Cómo lo voy a financiar. ¿De dónde sale la financiación? Esto implica determinar la estructura financiera de nuestro proyecto: el origen de cada uno de los fondos con lo que voy a contar. Y de esto vamos a hablar hoy.

Autofinanciación o Financiación Externa

¿Es posible que mi proyecto se autofinancie total o casi totalmente? Esto significaría, por ejemplo, que puedo empezar con una fase 0 que requiera una inversión mínima (partiendo de un producto mínimo viable) y, una vez empiece a generar flujos de caja, los iré reinvirtiendo en el propio proyecto para poder mejorarlo y ampliarlo.

Esta forma de autofinanciación se conoce en el mundo empresarial y de emprendimiento como bootstrapping: emprender con ninguna o muy poca financiación, de tal forma que sea el propio proyecto el que se finance a sí mismo según se vaya desarrollando.

Ciertamente, ¡pocas veces ocurre esto!

Podemos pensar en el ejemplo de una persona que ofrezca un servicio de consultoría: Puede empezar trabajando desde casa con un ordenador viejo y quedando con sus clientes en una cafetería. Inversión = 0

A medida que potencie su negocio y crezca en número de clientes, podría comprar un nuevo ordenador o incluso un local donde establecer su despacho y recibir a sus clientes.

Sin embargo, más allá de algunos ejemplos contados relacionados principalmente con la prestación de servicios, suele ser necesaria una financiación inicial de puesta en marcha de nuestro proyecto que hay que poner «desde fuera»: Financiación externa, entendiendo como tal toda la que es ajena al proyecto en sí mismo. Esto nos incluye a nosotros como inversores que lanzamos el proyecto pero también a terceros a los que “pedimos” el dinero prestado.

Financiación externa: ¿Propia o ajena?

Si tenemos que financiar nuestro proyecto: ¿Lo hacemos con fondos propios o fondos ajenos?

Sin entrar ahora en la definición contable de fondos propios, aquí me refiero a: ¿Quién pone el dinero? ¿Los socios del proyecto en primera persona o “salimos” a pedir el dinero a un tercero?

Esta decisión tiene una implicación importante a nivel conceptual y práctico.

Si decido financiar yo sola mi proyecto, no contaré con más fondos que los que tengo disponibles. Parece una obviedad, ¿verdad?

Esto supone que quedan fuera de mi rango de inversión todos aquellos proyectos que escapen de mi potencial financiador.

“Hablando en plata”: no me puedo meter en aquello que no puedo pagar.

Si tengo la opción de invertir en un proyecto que genera una rentabilidad del 20% pero no tengo más que 100€, terminaré mi año con 120€ (100 + 100* 20%= 120€). No hay más.

Ahora bien: ¿Qué ocurre si te pido a ti prestados otros 100€?

Donde tenía 100€ para invertir, ahora tengo 200€. Donde terminaba el año con 120€, ahora termino con 240€ (200 + 200* 20% = 240€). Con estos 240€, una vez te haya devuelto tus 100€, me quedarán disponibles 140€ (240 – 100 = 140€).

Habiendo puesto los mismos 100€ iniciales, ahora tengo 140€ en vez de 120€: esto para mí ya no es una rentabilidad del 20% sino del 40%.

Es decir: sólo por ser pedigüeña he ganado un 20% más que si no te hubiera pedido nada. En este ejemplo, ese 20% son 20€ pero podemos estar hablando de miles o millones de euros en función del proyecto… No es ninguna tontería.

Y mientras tú no me pidas más de 20€ a cambio de dejarme tus 100€, siempre me interesará que me lo dejes porque ganaré la diferencia.

Es decir: si tu rentabilidad exigida por prestarme dinero no supera la rentabilidad de mi proyecto, a mí me interesa pedirte prestado, invertir y devolverte tu dinero junto con los intereses asociados.

Éste es el efecto del apalancamiento financiero: el “efecto palanca” multiplicador que produce en mi rentabilidad el hecho de financiarme con deuda y no solo fondos propios.

Supongo que te estarás haciendo la siguiente pregunta ahora mismo… Y, si no, ya la hago yo:

Rentabilidad positiva… ¿y la negativa?

También, obviamente. El apalancamiento tiene un claro efecto potenciador sobre la rentabilidad de un proyecto pero también sobre su riesgo.

De la misma forma que en proyectos rentables puedo multiplicar mi ganancia, en proyectos no rentables puedo multiplicar mi pérdida.

En el mismo ejemplo que antes: si después de pedirte tus 100€ resulta que el proyecto no gana un 20% sino que pierde un 20% tendré al final del año 160€ (200 – 200*20% = 160€). Pero yo te sigo debiendo 100€ (suponiendo que me lo dejes “gratis” sin intereses). Por lo que terminaré con 60€ (160 – 100 = 60€), 40€ menos que con lo que empecé. Es decir: mi pérdida ya no es de un 20% sino de un 40%.

Ciertos productos financieros descansan conceptualmente sobre la idea del apalancamiento. Esto ocurre en la mayoría de los Derivados Financieros (Futuros, CFDs, etc.), donde se negocia sobre algo que no necesariamente tenemos en nuestro poder, lo cual implica que estamos “pidiéndolo prestado”.

En resumen: financiar nuestro proyecto con fondos ajenos tiene un efecto palanca sobre nuestra inversión, pudiendo multiplicar nuestra rentabilidad pero también nuestras pérdidas.

El impacto de los impuestos

Otra consecuencia de nuestra decisión a la hora de definir la estructura financiera de nuestro proyecto es el impacto fiscal de la deuda o lo que se suele conocer como escudo fiscal.

A la hora de pagar impuestos a Hacienda, lo hacemos sobre una base imponible calculada después de resultado financiero. Esto significa que cuanto más paguemos en concepto de intereses financieros, menor será nuestro resultado antes de impuestos y menos impuestos pagaremos, con lo que generaremos más flujos de caja para revertir en nuestro proyecto o pagar a las distintas fuentes de financiación.

En cambio, esto no ocurre con el resultado que obtenemos como inversores directos (accionistas), ya que en este caso se trata de una rentabilidad total, después de todos los pagos asociados a nuestro proyecto, incluidos los impuestos.

De hecho, el punto de que el inversor sea el último en cobrar y el único que no sabe a ciencia cierta lo que va a percibir al final del día como consecuencia de su inversión, es lo que hace que sea la fuente de financiación con más riesgo y, en consecuencia, la fuente de financiación “más cara”.

Optar por una estructura financiera u otra afectará al coste de mis recursos

La relación Fondos Propios/ Deuda que establezcamos afectará al coste medio de nuestros recursos.

El coste de los recursos propios será siempre mayor que el de los recursos ajenos debido a:

  1. El escudo fiscal de la deuda, que “abarata la deuda”, y
  2. El riesgo que asume el inversor (ya que es el último en cobrar), que “encarece los recursos propios”.

Si la deuda es “más barata” que los recursos propios, podemos establecer que cuanto mayor sea la proporción de deuda dentro de mi estructura financiera, más barato será el coste total de mis recursos.

Y si “me cuesta menos”, mi inversión será más rentable, ¿no?

En teoría, sí, pero cuidado… Que ya hemos visto que el “efecto palanca” se da en lo bueno y en lo malo.

El riesgo de insolvencia o default y su impacto en la estructura óptima

Nos encontramos aquí con otra “perversión” financiera que ha llevado a muchos a especular con el apalancamiento para rentabilizar más sus inversiones, poniendo en riesgo no solo su viabilidad financiera sino también la de quien le prestó el dinero.

En el mismo ejemplo que venimos comentando, supón ahora que en lugar de perder un 20% la pérdida es de un 60%: Al final del año yo tendré 80€ (200 – 200*60% = 80€). Pero yo te sigo debiendo 100€…. ¿Cómo te los pago si tengo solo 80€?

¿Y si lo que me dejaste era, a su vez, un préstamo apalancado, financiado con fondos de otra tercera persona (básicamente en eso consiste la actividad de préstamo de los bancos: dejar dinero de otro)?

Acabamos de iniciar entre los 3 un efecto dominó de impagos…

Los mercados tienden a auto-regularse de forma que cuanto mayor es el nivel de deuda de una persona o empresa, mayor será el coste de una nueva financiación, porque el riesgo de insolvencia es cada vez mayor. Esto lleva a que la deuda deje de salir más barata que los fondos propios, reduciendo así la proporción de deuda hasta llegar a una estructura financiera óptima.

Sin embargo, no siempre ocurre esto, especialmente en momentos de expansión económica donde parece que se reducen los requerimientos a la hora de prestar dinero…. Hasta que se produce una crisis o crack por un encadenamiento de insolvencias.

Se vuelve entonces a cerrar el grifo… Hasta que se nos olvida todo y volvemos a empezar.

¿Te suena esta historia?